No se entrega la victoria


No se entrega la victoria

Se puede perder la vida, el honor no se puede perder.
— ¿Y un partido? —preguntó el más chico.
El viejo tardó en responder. Miró la cancha. Miró los fusiles apoyados contra la sombra de
la tribuna.
—Sí —dijo al fin—. Pero no se entrega la victoria.
La ciudad había sido tomada hacía meses.
No hubo incendio ni derrumbe.
Solo un cambio de voces.
Las órdenes ya no se daban en la lengua de siempre. Las puertas se cerraban antes. Las
calles se vaciaban rápido.
Y, sin embargo, la cancha seguía ahí.
Como si no entendiera.
Los reunieron por la mañana.
No hubo explicaciones largas.
—Hoy juegan —dijo uno de los soldados invasores—. Y pierden.
Nadie preguntó qué pasaba si no.
No hacía falta.
Otro levantó apenas el fusil, como quien señala el cielo.
Alcanzó.
Antes de salir al campo, el más chico habló en voz baja.
—Entonces… ¿jugamos para ellos?
El viejo negó.
—Jugamos como siempre.
—Pero hay que perder.
El viejo lo miró fijo.
—Hay cosas que se pierden —dijo—. Y hay cosas que se entregan. No es lo mismo.

El partido empezó sin saludo.
Del otro lado no había un equipo: había cuerpos uniformados, botas torpes, risas sueltas.
A los diez minutos, el más chico quedó solo frente al arco.
Era gol.
Recordó el fusil.
Recordó a los soldados invasores en la tribuna.
La tiró afuera.
Desde arriba se escuchó una aprobación seca.
El primer gol fue de ellos.
Lo gritaron.
No por alegría, sino por costumbre.
El segundo también.
En cada gol, los jugadores se miraban entre sí, como si confirmaran algo que nadie quería
decir en voz alta.
En el descanso, uno habló:
—Todavía estamos a tiempo.
Nadie respondió.
El viejo, sentado, con las manos sobre las rodillas, dijo apenas:
—El tiempo ya empezó.
En el segundo tiempo, la pelota cambió.
No el juego.
La intención.
El más chico volvió a quedar solo.
Esta vez no miró la tribuna.
No miró a los soldados invasores.
Pateó.
Gol.
El silencio fue inmediato.
Uno a dos.

Después vino otro.
Y otro más.
El arco dejó de ser un objetivo. Se volvió una decisión.
Desde la línea, los soldados invasores dejaron de sonreír.
El árbitro dejó de mirar.
El partido siguió igual.
Como si ya no importara.
Cuando terminó, nadie festejó.
Se quedaron en el campo, quietos.
— ¿Valió la pena? —preguntó el más chico.
El viejo miró la cancha.
Después a los hombres armados acercarse.
—No sé —dijo—. Pero era esto o dejar de ser nosotros.
El más chico entendió entonces que el partido nunca había sido el partido.
Habían jugado para otra cosa.
Para que los soldados invasores supieran que, aun ahí, todavía quedaba algo que no podían
ocupar: el alma con ganas de vencer.
Los hicieron formar.
Esta vez nadie dudó.
Antes de levantar la vista, el más chico pensó en la pelota.
Había quedado en el área, sola.
Como si esperara otro juego.
Cuando la guerra terminó, la ciudad tuvo que aprender a empezar de nuevo.
Con el tiempo, la historia empezó a contarse.
Ya no eran solo jugadores.
Alguien, una vez, los llamó guardianes del honor.
Y el nombre quedó.

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